EL REENCUENTRO CON DORI

Hay personas que forman parte de nuestra historia aunque pasen veinte años sin verlas. Ayer viví uno de esos momentos que se quedan guardados para siempre.
Después de más de veinte años me reencontré con Dori, mi querida Dorita, con su marido Emilio y con su hija Laura. Ellos son de Íscar, Valladolid, pero Laura vive actualmente en Castro Urdiales, a apenas unos treinta minutos de donde yo vivo. Y quizá lo más bonito de todo es que la vida, después de tantos años, volvió a cruzar nuestros caminos.
Porque Dori no es simplemente una antigua amiga. Dori forma parte de mis comienzos.
Hace muchos años, cuando yo empezaba a abrirme camino como naturópata, tuve la oportunidad de comenzar a pasar consulta en Íscar, en el humilde herbolario que regentaba Dori. Durante varios años, cada sábado, cogía mis cosas y me desplazaba hasta allí para atender a los pacientes que ella me había ido agendando.
Aquellos sábados fueron mucho más importantes de lo que yo podía imaginar entonces.
Yo estaba comenzando. Tenía ilusión, ganas de ayudar y una enorme pasión por aquello que estaba descubriendo. Pero necesitaba que alguien confiara en mí y me diera una oportunidad.
Y Dori lo hizo. Ella confió en mí. Y por eso ayer, durante nuestro reencuentro, quise darle las gracias. Porque gracias a aquella mujer que un día decidió abrirme las puertas de su pequeño herbolario, pude descubrir que aquella profesión era realmente mi camino.
Después vendrían muchos años de consultas, estudios, experiencias, aprendizajes y, finalmente, mi regreso a mi tierra, Bilbao, donde continué desarrollando mi trabajo y tuve la oportunidad de ayudar a miles de personas.
Pero todo camino tiene un comienzo. Y en el mío, Íscar y el pequeño herbolario de Dori ocupan un lugar muy especial.
Ayer estuvimos recordando muchas de aquellas historias y anécdotas de hace más de veinte años. Nos reímos, nos emocionamos y, por unos instantes, parecía que el tiempo no hubiera pasado.
Es curioso cómo funciona la vida. Puedes estar veinte años sin ver a una persona y, cuando vuelves a sentarte frente a ella, descubrir que el cariño permanece intacto.
Nos hicimos fotografías, hablamos de aquellos años y disfrutamos de algo que quizá ninguno de nosotros sabía cuánto necesitábamos: volver a encontrarnos.
Y mientras regresaba a casa pensé en algo.
A veces creemos que somos nosotros quienes construimos nuestro camino, pero en realidad, a lo largo de la vida, aparecen personas que colocan pequeñas piedras en él para ayudarnos a encontrar la dirección.
Dori fue una de esas personas para mí. Por eso este artículo no pretende ser solamente el recuerdo de un reencuentro. Es, sobre todo, un GRACIAS.
Gracias, Dorita, por confiar en aquel joven naturópata que comenzaba a dar sus primeros pasos.
Gracias por abrirme las puertas de tu herbolario. Gracias por confiarme a tus pacientes.
Gracias por creer en mí cuando mi camino profesional todavía estaba empezando.
Y gracias porque, aunque hayan pasado más de veinte años, ayer pude volver a mirarte a los ojos y decirte algo que quizá llevaba demasiado tiempo pendiente: gracias por haber formado parte del comienzo de mi historia.
Algunas personas pasan por nuestra vida. Otras dejan una huella. Y hay unas pocas que, sin saberlo, ayudan a cambiar nuestro destino. Tú, Dorita, eres una de ellas.
Con todo mi cariño.
Alberto Lajas
www.albertolajasescritor.com
¿TIENES DE VERDAD MALA SUERTE?

Hay personas que parecen perseguidas por la mala suerte. Todo aquello que emprenden termina torciéndose. Cuando aparece una oportunidad, algo sucede y la pierden. Cuando conocen a alguien, la relación acaba mal. Cuando consiguen algo que desean, poco después aparece un problema que lo estropea. Y llega un momento en el que empiezan a decir: «yo tengo mala suerte.»
Pero quiero proponerte algo. Antes de aceptar esa afirmación como una verdad, quizá deberías hacerte una pregunta mucho más profunda: ¿y si la mala suerte no fuera exactamente lo que tú crees?
¿QUÉ ES REALMENTE LA SUERTE?
Desde pequeños nos enseñan a dividir la vida entre personas afortunadas y desafortunadas. Unos nacen con buena estrella. Otros parecen haber nacido bajo una estrella equivocada.
Pero las antiguas tradiciones metafísicas siempre han planteado una posibilidad diferente: que nuestra realidad exterior no sea completamente independiente de nuestro mundo interior.
Nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras creencias, nuestros miedos, nuestra intención, la manera en que interpretamos lo que nos sucede, todo ello podría influir en la manera en que nos relacionamos con la realidad.
Y aquí aparece una idea fascinante: quizá no atraemos exactamente aquello que deseamos, sino aquello con lo que estamos profundamente alineados.
EL PODER DE UNA CREENCIA
Imagina que una persona lleva años repitiéndose: «nunca tengo suerte.» Puede parecer una simple frase. Pero, metafísicamente, una afirmación repetida constantemente puede convertirse en una creencia. Y una creencia puede convertirse en una forma de mirar el mundo.
Esa persona empieza a esperar que algo salga mal. Interpreta los obstáculos como confirmación. Desconfía de las oportunidades. Tiene miedo de arriesgarse. Abandona antes de tiempo. Y cuando algo finalmente sale mal, piensa: «¿ves? Ya sabía que iba a pasar.»
¿Fue mala suerte? ¿O su sistema de creencias estaba condicionando sus decisiones y su percepción? Aquí encontramos una cuestión fundamental: ¿cuántas veces llamamos destino a aquello que en realidad es un patrón?
LA METAFÍSICA HABLA DE FRECUENCIAS
Muchas corrientes espirituales utilizan el concepto de frecuencia o vibración. No debemos entenderlo necesariamente como una explicación física demostrada, sino como un lenguaje simbólico utilizado para describir nuestro estado interior. Una persona que vive permanentemente instalada en el miedo experimenta el mundo de una manera. Una persona que vive desde la confianza lo experimenta de otra.
Una persona dominada por la carencia observa continuamente lo que le falta. Una persona que vive desde la gratitud empieza a prestar atención a lo que sí posee. El mundo exterior puede no haber cambiado.
Pero su realidad subjetiva sí.
Y quizá ese cambio interior termine modificando también sus decisiones, sus relaciones y las oportunidades que es capaz de reconocer.
¿Y SI EL UNIVERSO TE ESTUVIERA MOSTRANDO ALGO?
Existe una idea muy presente en la espiritualidad: la sincronicidad. Carl Jung utilizó este concepto para referirse a coincidencias significativas que parecen tener un significado especial para quien las experimenta. Todos hemos vivido alguna vez algo así.
Piensas intensamente en una persona y, ese mismo día, recibes una llamada suya. Estás buscando una respuesta y encuentras, aparentemente por casualidad, una frase que parece contestar exactamente a lo que estabas pensando. Ves repetidamente un determinado número. Escuchas una conversación que parece estar relacionada con aquello que llevas días intentando resolver.
¿Es simplemente casualidad? ¿Es una coincidencia? ¿Es nuestra mente buscando conexiones? ¿O puede existir algo más?
No tengo una respuesta definitiva. Y precisamente por eso resulta tan fascinante. Pero sí creo que podemos hacer algo: prestar atención.
No para convertir cada coincidencia en una señal divina, sino para preguntarnos qué significado tiene para nosotros.
NO TODO LO QUE TE OCURRE ES UN CASTIGO
Existe además una creencia espiritual que puede ser muy dañina: pensar que cuando algo malo sucede es porque el universo nos está castigando. No necesariamente. La vida contiene acontecimientos que no podemos controlar: hay accidentes, enfermedades, pérdidas, injusticias., personas que nos hacen daño, circunstancias que jamás habríamos elegido. No sería justo decirle a alguien que su sufrimiento existe porque «atrajo» aquello.
La metafísica, cuando se convierte en una explicación absoluta de todo, puede terminar convirtiéndose en una prisión. Pero hay una pregunta mucho más poderosa: ¿qué hago ahora con aquello que me ha sucedido?
Ahí sí existe un territorio sobre el que podemos recuperar nuestro poder.
QUIZÁ LA MALA SUERTE SEA UNA ETAPA
Tal vez estás atravesando una época terrible. Todo parece salir mal. Y tienes la sensación de que el universo se ha olvidado de ti. Pero una etapa no es una identidad. No eres «una persona con mala suerte»: estás viviendo determinadas circunstancias en un momento determinado de tu vida.
Y eso puede cambiar. Las tradiciones espirituales hablan continuamente de ciclos; nacimiento, muerte, renacimiento, cierre, apertura, tansformación. Nada permanece eternamente igual.
Por eso, cuando estés atravesando una época difícil, quizá no necesites preguntarte: «¿por qué tengo tan mala suerte?» Tal vez sea más útil preguntar: «¿qué ciclo de mi vida está terminando?»
EL UNIVERSO Y LAS PUERTAS
Hay una imagen metafísica que me gusta especialmente: la vida está llena de puertas. Algunas se abren. Otras se cierran. Y nosotros, muchas veces, permanecemos golpeando durante años una puerta que ya está cerrada. Pensamos: «tengo mala suerte porque esa puerta nunca se abre.»
Pero quizá el mensaje no sea que eres desafortunado, quizá sea: «deja de empujar esa puerta y mira a tu alrededor.»
Porque puede haber otra puerta abierta a pocos metros, una oportunidad que no habías visto, una persona que todavía no conoces, un camino que jamás habías considerado, un cambio que inicialmente parecía un fracaso.
Y esto conecta con una de las grandes preguntas de la metafísica: ¿estamos realmente atentos a las señales que aparecen delante de nosotros?
TU INTENCIÓN TAMBIÉN IMPORTA
En muchas tradiciones espirituales, la intención tiene un papel fundamental. No es solamente lo que haces: es desde dónde lo haces.
Puedes ayudar a alguien buscando reconocimiento, o puedes ayudarlo desde la verdadera generosidad.
Puedes buscar una relación porque tienes miedo de estar solo, o porque deseas compartir tu vida.
La acción puede ser idéntica, pero la energía emocional que la acompaña es completamente diferente.
Y quizá ahí exista una de las claves para comprender lo que muchas personas llaman «atraer» determinadas experiencias.
HAZ ESTE EXPERIMENTO
Durante los próximos siete días, no digas: " tengo mala suerte."Ni siquiera en broma. Cuando ocurra algo desagradable, cambia la pregunta, en lugar de: «¿por qué siempre me pasa esto?» pregunta: «¿qué puedo aprender de esto?»
Cuando aparezca una coincidencia, obsérvala. Cuando aparezca una oportunidad, no la descartes automáticamente. Cuando una puerta se cierre, mira si existe otra.
Y, sobre todo, observa tus pensamientos, porque quizá descubras algo extraordinario: que llevabas mucho tiempo esperando que la vida cambiara...sin darte cuenta de que primero tenía que cambiar tu manera de relacionarte con ella.
¿TIENES MALA SUERTE?
Tal vez sí. Tal vez has tenido una racha terrible. Tal vez algunas circunstancias de tu vida han sido injustas y no existe ninguna explicación espiritual sencilla.
Pero también es posible que hayas confundido mala suerte con miedo, destino con costumbre, casualidad con sincronicidad, fracaso con aprendizaje, final con comienzo. Y quizá, sobre todo, hayas confundido una etapa de tu vida con tu destino.
Por eso, la próxima vez que alguien te diga: «es que yo tengo muy mala suerte», no tengas tanta prisa por darle la razón. Y cuando tú mismo vuelvas a pensar que la vida está en tu contra, detente. Respira. Mira a tu alrededor.
Y pregunta: «¿Y si esto no fuera mala suerte?
¿Y si la vida estuviera intentando mostrarme algo que todavía no soy capaz de ver?»
Quizá no recibas una respuesta inmediatamente. Pero algunas preguntas tienen un poder extraordinario. Porque cuando cambia la pregunta...a veces comienza a cambiar la realidad que estamos viviendo.
Alberto Lajas
www.albertolajasescritor.com
¿POR QUÉ CADA VEZ HAY MÁS CORRUPCIÓN POLÍTICA?

Hace unos días recibí un mensaje de Iker, un seguidor mío de Bilbao. Iker me escribía preocupado por la situación política que estamos viviendo y, especialmente, por la sensación de que cada vez conocemos más casos de corrupción, abusos de poder, intereses ocultos, enfrentamientos y decisiones políticas que parecen estar muy alejadas de las necesidades reales de los ciudadanos. Me decía algo que, en realidad, muchas personas se preguntan: «Alberto, ¿desde la metafísica existe alguna explicación para todo esto? ¿Por qué parece que cuanto más avanzamos como sociedad, más corrupción descubrimos? ¿Y existe alguna solución?»
La pregunta me pareció extraordinariamente interesante. Porque podemos analizar la corrupción desde la política, desde el derecho, desde la economía o desde la sociología. Pero también podemos observarla desde otro lugar: desde la conciencia humana. Y ahí la respuesta puede resultar bastante más incómoda.
EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE LA POLÍTICA
Cuando hablamos de corrupción solemos cometer un error: pensamos que la corrupción pertenece exclusivamente a los políticos. Pero la corrupción no nació en los parlamentos. Existía mucho antes. La corrupción aparece cuando una persona coloca su interés personal por encima del bien común y, además, utiliza una posición de poder para conseguir aquello que desea. Y esto puede suceder en la política, en una empresa, en una administración, en una familia e incluso en nuestra propia vida.
Por eso, desde una perspectiva metafísica, podríamos decir que la corrupción exterior es, en muchas ocasiones, un reflejo de una corrupción interior. Cuando el poder deja de entenderse como una responsabilidad y comienza a entenderse como un privilegio, algo empieza a romperse.
El político deja de preguntarse: «¿qué puedo hacer por los demás?», y comienza a preguntarse: «¿qué puedo conseguir para mí?» Y esa pequeña modificación interior puede terminar teniendo consecuencias enormes cuando la persona dispone de poder sobre millones de seres humanos.
EL PODER NO CORROMPE A TODO EL MUNDO
Existe una frase muy conocida: «El poder corrompe.» Pero yo añadiría algo. El poder no necesariamente corrompe. El poder revela. Una persona que ya posee una fuerte conciencia ética puede recibir poder y utilizarlo para servir. Otra persona puede recibir exactamente el mismo poder y utilizarlo para enriquecerse, controlar, manipular o proteger sus propios intereses. Por eso el problema no es únicamente cuánto poder tiene una persona.
La verdadera pregunta es: ¿qué hay dentro de esa persona cuando recibe el poder? Porque el poder amplifica. Amplifica la personalidad. Amplifica las virtudes. Pero también amplifica las sombras. Y aquí entramos directamente en un concepto profundamente relacionado con la metafísica: la sombra humana.
LA SOMBRA
Todos tenemos una parte luminosa y otra que preferimos no mirar. Tenemos generosidad, pero también egoísmo. Amor, pero también miedo. Compasión, pero también deseo de controlar. Humildad, pero también vanidad. La espiritualidad seria no consiste en negar nuestra sombra. Consiste en reconocerla.
El problema aparece cuando una persona alcanza una posición de enorme poder y, en lugar de enfrentarse a sus propias sombras, dispone de los mecanismos necesarios para esconderlas. Entonces puede aparecer algo muy peligroso: la justificación. «Lo hago por el partido.» «Lo hago por el país.» «Lo hago porque los demás también lo hacen.» «Lo hago porque es necesario.» «Lo hago por una causa superior.»
Y así, poco a poco, la conciencia encuentra argumentos para justificar aquello que, en otro momento, habría considerado incorrecto.
¿POR QUÉ PARECE QUE HAY CADA VEZ MÁS CORRUPCIÓN?
Aquí debemos hacer una distinción importante. No necesariamente significa que hoy exista más corrupción que en toda la historia. Lo que sí ha cambiado radicalmente es nuestra capacidad para detectarla, investigarla y difundirla. Hoy tenemos periodistas de investigación, redes sociales, filtraciones, bases de datos, cámaras, teléfonos móviles y una ciudadanía mucho más pendiente de lo que hacen sus gobernantes.
Lo que antes podía permanecer oculto durante años hoy puede convertirse en noticia en cuestión de horas. Pero existe también otra cuestión. Vivimos en una sociedad en la que el poder económico, político y mediático está enormemente concentrado. Y cuanto mayor es la concentración de poder, mayor debería ser el nivel de control. Porque hay una ley sencilla: a mayor poder, mayor debe ser la responsabilidad. Cuando el poder aumenta y los mecanismos de control disminuyen, aparece un terreno extraordinariamente fértil para los abusos.
LA METAFÍSICA HABLA DEL PRINCIPIO DE CAUSA Y EFECTO
Muchas tradiciones espirituales han hablado, con diferentes nombres, de una idea semejante: toda acción genera una consecuencia. En algunas escuelas se habla de karma. En otras, de ley de causa y efecto. En la tradición hermética encontramos principios relacionados con esta idea. No necesitamos interpretar esto necesariamente como un castigo divino. Yo prefiero entenderlo de una manera mucho más sencilla. Cada decisión modifica la realidad. Una mentira genera otra mentira para ocultar la primera. Un abuso de poder obliga a crear mecanismos para proteger ese abuso. Una injusticia genera desconfianza. La desconfianza genera miedo. Y el miedo puede generar todavía más control. Es una cadena.
Por eso la corrupción nunca afecta únicamente a quien la practica. Contamina el entorno. Cuando un ciudadano observa que una persona poderosa aparentemente puede hacer algo que él jamás podría hacer sin consecuencias, aparece una sensación tremendamente peligrosa: «las reglas no son iguales para todos.»
Y cuando una sociedad pierde la confianza en sus reglas, comienza a perder también la confianza en sus instituciones.
¿Y QUÉ PODEMOS HACER?
Iker me preguntaba si existe una solución desde la metafísica. Mi respuesta es sí. Pero probablemente no sea la solución que mucha gente espera. No creo que exista un ritual capaz de eliminar la corrupción del planeta. Ni una vela. Ni un talismán. Ni una invocación. Porque si el problema está relacionado con la conciencia humana, la solución también tiene que comenzar ahí. La transformación exterior comienza por una transformación interior. Y eso no significa permanecer pasivos mientras otros cometen injusticias. Todo lo contrario. Significa desarrollar una conciencia suficientemente despierta como para no aceptar la corrupción como algo normal. Significa exigir transparencia. Exigir responsabilidades. Preguntar. Investigar Votar con conocimiento. Denunciar cuando sea necesario. No justificar a los nuestros cuando hacen exactamente aquello que criticamos en los demás. Y, sobre todo, dejar de convertir la política en una cuestión de fe.
EL MAYOR PELIGRO NO ES LA CORRUPCIÓN
Para mí existe algo todavía más peligroso que la corrupción. Que terminemos acostumbrándonos a ella. Cuando una sociedad escucha continuamente hablar de escándalos, comisiones, enchufismo, privilegios, abusos y conflictos de intereses, puede llegar un momento en que simplemente diga: «todos son iguales.» Y esa frase es tremendamente peligrosa. Porque cuando creemos que todos son iguales, dejamos de exigir. Y cuando dejamos de exigir, quienes abusan del poder encuentran un terreno mucho más cómodo.
Por eso debemos recuperar algo que parece antiguo pero que, en realidad, es revolucionario: la ética. No la ética de un partido. No la ética de una ideología. No la ética de «los míos». La ética universal. Aquella que nos permite decir: «si está mal cuando lo hace mi adversario, también está mal cuando lo hace alguien a quien yo apoyo.» Ese podría ser uno de los primeros síntomas de una sociedad verdaderamente consciente.
QUIZÁ EL CAMBIO QUE BUSCAMOS NO VENGA DE ARRIBA
Durante siglos hemos esperado que aparezca alguien que solucione nuestros problemas. Un líder..Un presidente. Un rey..Un mesías. Un maestro. Un salvador. Pero quizá hemos cometido un error.
Quizá estamos esperando demasiado de quienes gobiernan y demasiado poco de nosotros mismos. Una sociedad formada por personas conscientes difícilmente aceptará durante mucho tiempo estructuras profundamente corruptas.
Porque la conciencia colectiva también tiene poder. Cuando millones de personas dejan de tolerar determinadas conductas, las estructuras terminan cambiando. Por eso, desde mi visión personal, la verdadera revolución no comienza en un parlamento. Comienza en la conciencia.
UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN PARA IKER
Iker, quizá la pregunta que me hiciste tenga una respuesta mucho más sencilla de lo que parece: ¿por qué existe corrupción? Te respondo: porque todavía existen seres humanos que ponen el ego por encima de la conciencia. ¿Por qué debemos combatirla?: porque el poder sin ética puede convertirse en una forma de dominación. ¿Podemos cambiarlo?: si. Pero no esperando que otros cambien primero. Cada uno de nosotros puede empezar por algo aparentemente pequeño: no mentir cuando mentir nos beneficia. No utilizar a los demás cuando tenemos ventaja. No justificar una injusticia porque la comete alguien que nos gusta. No vender nuestros principios por dinero, poder o reconocimiento. Y aprender a recordar algo que, desde la metafísica, considero fundamental: la verdadera evolución del ser humano no consiste en conseguir más poder. Consiste en adquirir la conciencia necesaria para saber qué hacer con él cuando lo tenemos.
Quizá esa sea la verdadera batalla que estamos librando. No solamente una batalla política. No solamente una batalla económica. Sino una batalla entre nuestra parte más consciente y nuestra propia sombra. Y esa batalla, queramos o no, comienza dentro de cada uno de nosotros.
Alberto Lajas
www.albertolajasescritor.com
Qué hacer cuando tu hijo te rechaza

Hay dolores de los que casi nadie habla. Uno de ellos es el dolor de un padre o una madre que pierde el contacto con un hijo.
No hablo de perderlo porque haya muerto. Hablo de algo diferente y, en algunos aspectos, igualmente desgarrador: saber que tu hijo existe, que está viviendo su vida, que posiblemente sonríe, ama, trabaja, sueña… y, sin embargo, tú ya no formas parte de esa vida.
Pasan los años. Cinco. Diez. Veinte. Y llega un momento en que te preguntas si debes seguir esperando. La respuesta no es sencilla.
No persigas a quien ha decidido alejarse
Cuando un hijo adulto decide no tener contacto, debemos respetar su decisión.
Eso no significa que tengamos que dejar de quererlo. Significa aprender una de las formas más difíciles del amor: amar sin poder acercarnos.
No crear cuentas nuevas para contactar con él. No utilizar a otras personas para presionarlo. No exigir explicaciones. No convertir las redes sociales en una batalla. Y, sobre todo, no intentar obligarlo a elegir entre su familia.
Porque cuando alguien se siente atrapado entre dos personas que quiere, cualquier intento de presión puede hacer que se aleje todavía más.
Pero hay algo que sí puedes hacer
Puedes dejar una puerta abierta. Una puerta que no tenga cadenas, reproches ni condiciones. Una puerta que diga:
«No tienes que venir hoy. No tienes que venir mañana. No tienes siquiera que saber todavía qué quieres hacer. Pero si algún día quieres hablar conmigo, aquí estaré.»
Eso es muy diferente de perseguir. Es simplemente dejar claro que el amor no ha desaparecido.
A veces los hijos también tienen miedo
Hay hijos que se alejan porque están enfadados. Otros porque creen haber sido heridos. Otros porque han escuchado durante años una determinada versión de la historia familiar. Otros porque sienten que acercarse a uno de sus padres significa traicionar al otro.
Y algunos, sencillamente, no saben cómo volver después de tantos años. Porque cuanto más tiempo pasa, más difícil parece dar el primer paso.
«¿Qué le voy a decir?»
«¿Cómo voy a aparecer después de tantos años?»
«¿Me perdonará?»
«¿Me preguntará por qué no fui antes?»
Y entonces pasan otros cinco años. Y después otros cinco. Hasta que el silencio se convierte en una pared aparentemente imposible de atravesar. Pero las paredes también pueden tener puertas.
Si algún día vuelve, no empieces por los reproches
Esta es probablemente la parte más difícil. Si después de diez, quince o veinte años tu hijo aparece de nuevo, quizá tengas cientos de preguntas preparadas.
«¿Por qué no me buscaste?»
«¿Por qué no me llamaste?»
«¿Por qué creíste aquello de mí?»
«¿Por qué elegiste a otras personas antes que a mí?»
Es normal. Pero quizá la primera pregunta no debería ser ninguna de ellas. Quizá debería ser: «¿cómo estás?» Y después escuchar. Escuchar incluso aquello que duela. Porque durante años tú has vivido tu historia desde tu lado. Tu hijo ha vivido la suya desde el suyo.
Y puede que ambas historias sean completamente diferentes. Eso no significa que una deba ser falsa para que la otra sea verdadera. Significa que, antes de intentar reconstruir una relación, hay que conocer qué ocurrió dentro del corazón del otro.
No necesitas demostrar que eres un buen padre
Si has cometido errores, tendrás que reconocerlos. Si tu hijo cree que le hiciste daño, tendrás que escuchar por qué. Pero si sabes que hiciste todo lo que estuvo en tu mano, tampoco necesitas pasar el resto de tu vida intentando demostrar tu inocencia.
Hay cosas que solamente pueden resolverse cuando dos personas vuelven a mirarse a los ojos.
No mediante documentos.
No mediante redes sociales.
No mediante terceras personas.
Mediante una conversación.
Y si nunca vuelve…
Esta es la parte que nadie quiere escuchar. Puede que nunca vuelva. Y hay que aprender a vivir con esa posibilidad. Pero aceptar esa posibilidad no significa dejar de querer. Puedes continuar trabajando. Puedes reír. Puedes escribir. Puedes enamorarte. Puedes viajar. Puedes construir una nueva vida. Y, al mismo tiempo, llevar dentro de ti un lugar reservado para alguien que ya no está. Eso no te hace débil. Te hace humano.
Si algún día lees esto…
Quizá seas uno de esos hijos que llevan años sin hablar con su padre o con su madre.
Quizá tengas tus razones.
Quizá estés enfadado.
Quizá tengas miedo.
Quizá pienses que ya ha pasado demasiado tiempo.
Quizá incluso pienses que volver ahora sería imposible.
No voy a decirte que tienes que volver. No voy a decirte que tienes que perdonar. No voy a decirte que la otra persona tenga razón. Solo quiero decirte algo: si alguna vez necesitas saber si esa persona todavía te quiere, quizá la respuesta sea mucho más sencilla de lo que imaginas.
Hay padres que pasan veinte años esperando una llamada. Y cuando finalmente suena el teléfono, no preguntan: «¿por qué has tardado tanto?» Dicen: «Hola, hijo. Cuánto tiempo llevo esperando escuchar tu voz.»
Porque hay puertas que pueden permanecer cerradas durante años. Pero mientras alguien siga dejando una luz encendida al otro lado…todavía existe la posibilidad de abrirlas.
— Alberto Lajas
Las tres cartas del Tarot de los cambios en tu vida

Hay momentos en la vida en los que sentimos que algo tiene que cambiar, aunque todavía no sepamos qué, cómo ni cuándo.
En el Tarot existen tres cartas que, juntas, forman una auténtica trilogía de transformación:
La Muerte, La Torre y La Rueda de la Fortuna.
A primera vista pueden parecer cartas inquietantes. Pero su verdadero mensaje habla de finales, transformación, ruptura y nuevos comienzos.
🃏 LA MUERTE — DEJAR ATRÁS
Cuando aparece La Muerte, no significa necesariamente muerte física. Su significado simbólico es el final de una etapa y el comienzo de otra.
Puede representar el final de una relación, un trabajo, una forma de pensar, una costumbre o incluso una versión de nosotros mismos que ya no encaja con nuestra nueva vida.
La pregunta de La Muerte es:
¿Qué necesitas dejar atrás para poder avanzar?
A veces queremos que nuestra vida cambie, pero seguimos aferrados a aquello que nos mantiene exactamente donde estamos.
La Muerte nos enseña que cerrar una etapa no significa fracasar.
A veces, soltar es el acto más valiente que podemos realizar.
Su consejo: no mantengas artificialmente aquello que sabes que ha terminado.
Pregúntate:
¿Qué estoy conservando solamente por miedo?
🗼 LA TORRE — ROMPER LO QUE YA NO SIRVE
La Torre representa una ruptura más brusca.
Puede simbolizar una separación, una decepción, una pérdida, un cambio inesperado o cualquier acontecimiento que nos obligue a replantearnos nuestra vida.
La Torre destruye, sí.
Pero no destruye por destruir.
Derriba estructuras que ya no podían sostenerse.
Por eso, cuando algo se derrumba, quizá la pregunta no sea:
«¿Por qué me está pasando esto?»
Sino:
«¿Qué está intentando mostrarme esto?»
Una crisis puede convertirse en un despertar.
Aquello que parecía el final de nuestro mundo puede terminar siendo el principio de una vida diferente.
Su consejo: no intentes reconstruir inmediatamente lo que acaba de caer.
Observa primero los restos y pregúntate:
¿Qué parte de mi vida necesitaba realmente cambiar?
Porque a veces la vida tiene que movernos el suelo para conseguir que levantemos la mirada.
🎡 LA RUEDA DE LA FORTUNA — TODO CAMBIA
Y entonces aparece La Rueda.
Su energía es movimiento, ciclos, oportunidades y nuevos comienzos.
La Rueda nos recuerda que ninguna situación permanece eternamente igual.
Si estás atravesando una etapa difícil, no significa que toda tu vida vaya a ser así.
La rueda gira.
Pero también nos enseña algo importante: no podemos controlar completamente lo que sucede, pero sí podemos decidir cómo actuamos mientras la rueda gira.
Su consejo: permanece atento a las oportunidades.
Muévete.
Aprende.
Cambia.
Y no confundas una mala etapa con una mala vida.
🔮 EL MENSAJE DE LAS TRES CARTAS
Si aparecen juntas, podemos resumir su mensaje en tres palabras:
La Muerte: SUELTA.
La Torre: DESPIERTA.
La Rueda: AVANZA.
Y quizá esta sea una de las grandes enseñanzas del Tarot:
A veces creemos que nuestra vida se está desmoronando, cuando en realidad está intentando reorganizarse.
No tengas miedo al cambio.
Quizá deberíamos tener más miedo de pasar toda una vida sabiendo que necesitábamos cambiar y no atrevernos a hacerlo.
Alberto Lajas
Maestro Lajas
www.albertolajasescritor.com
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TESTIMONIO DE LUCÍA GARCÍA — MADRID

«Cuando empecé a leer El Código Epikha, pensé que me encontraría con otro libro sobre manifestación, energía o crecimiento personal. Pero desde las primeras páginas me di cuenta de que estaba ante algo completamente diferente.
Lo que más me impresionó fue la manera en la que Alberto Lajas plantea el poder interior. No habla simplemente de pensar en positivo, visualizar lo que deseas o repetir afirmaciones. Va mucho más allá: habla de aprender a entrar en un estado de presencia, de silencio y de conexión con algo que está dentro de nosotros y que normalmente permanece oculto bajo el ruido de la mente.
Hubo momentos durante la lectura en los que tuve que cerrar el libro y quedarme unos minutos en silencio. Algunas ideas me hicieron reflexionar profundamente sobre cuántas veces intentamos cambiar nuestra vida desde la mente, cuando quizá lo que necesitamos es aprender a cambiar desde otro lugar.
También me sorprendieron muchísimo los símbolos, las explicaciones y toda la parte relacionada con la vibración Epikha y la lámina radiónica. No es un libro que simplemente lees y guardas en una estantería. La sensación que me produjo fue la de estar entrando en una experiencia.
Y eso es precisamente lo que más me ha gustado: no siento que haya terminado el libro cuando llegué a la última página. Siento que ahí es cuando realmente comienza el trabajo.
Para mí, El Código Epikha es una invitación a detener el ruido, mirar hacia dentro y recordar que quizá tenemos mucho más poder del que creemos. Es un libro diferente, intenso y, sobre todo, de esos que continúan dando vueltas en tu cabeza incluso después de haberlos terminado.
Lo recomiendo especialmente a las personas que ya han leído sobre metafísica, manifestación, espiritualidad o conciencia y sienten que necesitan ir un paso más allá. Porque este libro no te invita simplemente a conseguir algo: te invita a preguntarte quién eres realmente.
Sin duda, ha sido una de esas lecturas que me han dejado huella.»
Lucía García — Madrid
No te conviertas en juez
Hay algo que hacemos con demasiada facilidad: juzgar a los demás sin conocer su historia.
A veces basta una mirada, una forma de vestir, un determinado color de piel, una manera de hablar, una religión, una profesión o incluso un comentario que alguien nos ha hecho sobre esa persona para que construyamos en nuestra mente una sentencia.
Y lo más curioso es que, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de que lo estamos haciendo.
Juzgamos por la apariencia.
Juzgamos por la raza o el color de la piel.
Juzgamos por el lugar de nacimiento.
Juzgamos por cómo viste alguien.
Juzgamos por su situación económica.
Juzgamos por su pasado.
Juzgamos por lo que "nos han contado".
Y después actuamos como si nuestra conclusión fuera una verdad absoluta.
Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de juzgar a alguien:
¿Cuánto conozco realmente de esa persona?
Probablemente mucho menos de lo que creemos.
Solo vemos una pequeña parte de la historia
Cuando observamos a una persona, vemos únicamente una pequeña parte de su realidad.
Podemos ver su rostro, su ropa, su comportamiento en un momento determinado o escuchar una versión de lo ocurrido.
Pero no vemos sus heridas.
No vemos sus miedos.
No conocemos sus circunstancias.
No sabemos qué ha vivido.
No sabemos qué pérdidas ha sufrido.
No sabemos las batallas que está librando en silencio.
Y tampoco sabemos qué decisiones habría tomado nosotros mismos si hubiéramos vivido exactamente su vida.
Por eso es tan peligroso convertir una primera impresión en una sentencia.
Una persona puede estar atravesando un mal momento y nosotros interpretar que "es una mala persona".
Alguien puede mostrarse distante y pensar que "es antipático".
Podemos ver a alguien vestido de una determinada manera y atribuirle una personalidad.
Podemos escuchar que alguien hizo algo y dar por cierto todo lo que nos han contado.
Pero una versión no siempre es la verdad completa.
Cuidado con el "me han dicho que..."
Una de las formas más peligrosas de juzgar es hacerlo basándonos en información que hemos recibido de terceras personas.
"Me han dicho que es así."
"Ten cuidado con él."
"Ya verás cómo es."
"Yo que tú no me fiaría."
Y sin darnos cuenta, comenzamos a mirar a esa persona a través de los ojos de alguien que ni siquiera sabemos si nos ha contado toda la verdad.
A veces la información es cierta.
A veces es parcialmente cierta.
A veces está exagerada.
Y otras veces puede estar completamente equivocada.
Por eso, antes de condenar a alguien por lo que nos han contado, deberíamos preguntarnos:
¿He hablado con esa persona? ¿He vivido yo esa experiencia? ¿Tengo todos los datos?
Si la respuesta es no, quizá lo más prudente sea reservarnos el juicio.
No confundas prudencia con prejuicio
Esto también es importante.
No juzgar a una persona no significa ser ingenuo.
Podemos ser prudentes.
Podemos poner límites.
Podemos alejarnos de alguien que nos hace daño.
Podemos observar comportamientos y tomar decisiones.
La diferencia está en que una cosa es decir:
"He observado determinadas conductas y no quiero tener esa relación."
Y otra muy diferente:
"Esa persona es mala porque tiene determinada apariencia, pertenece a determinado grupo o porque alguien me ha dicho que lo es."
La primera nace de la experiencia.
La segunda puede nacer del prejuicio.
La apariencia puede engañarnos
Todos conocemos ejemplos de personas que parecían una cosa y terminaron demostrando ser otra.
También nosotros mismos hemos sido alguna vez víctimas de una primera impresión equivocada.
Quizá alguien nos consideró arrogantes cuando simplemente estábamos nerviosos.
Quizá alguien pensó que éramos antipáticos cuando estábamos pasando por un mal día.
Quizá alguien nos juzgó sin saber absolutamente nada de lo que estábamos viviendo.
Y seguramente nos dolió.
Entonces recordemos algo muy sencillo:
Lo que sentimos cuando otros nos juzgan injustamente también puede sentirlo la persona que tenemos delante.
Cinco preguntas antes de juzgar
La próxima vez que sientas que estás formando una opinión negativa sobre alguien, detente unos segundos y pregúntate:
1. ¿Lo sé o lo estoy suponiendo?
No confundas un hecho con una interpretación.
2. ¿Lo he comprobado personalmente?
Si solo procede de rumores, quizá deberías esperar antes de sacar conclusiones.
3. ¿Estoy juzgando a esta persona por lo que hace o por lo que es?
Una conducta concreta no define necesariamente toda una vida.
4. ¿Estoy utilizando un prejuicio?
Pregúntate si tu opinión cambiaría si esa persona tuviera otro color de piel, otra nacionalidad, otra forma de vestir o una posición económica diferente.
5. ¿Me gustaría que me juzgaran a mí de la misma manera?
Esta última pregunta puede cambiar muchas cosas.
Aprende a sustituir el juicio por la curiosidad
En lugar de pensar:
"¿Cómo puede ser esta persona así?"
Podemos preguntarnos:
"¿Qué habrá detrás de su comportamiento?"
En lugar de:
"Es un antipático."
Podemos pensar:
"Quizá está atravesando algo que desconozco."
En lugar de:
"No me gusta cómo viste."
Podemos pensar:
"Su forma de vestir no tiene por qué decirme quién es."
No se trata de justificar cualquier comportamiento.
Se trata de no convertir nuestras primeras impresiones en verdades definitivas.
La curiosidad abre puertas que el juicio cierra.
Todos tenemos una historia que los demás no conocen
Hay personas que han cometido errores y han cambiado.
Personas que tuvieron un pasado difícil y construyeron una vida diferente.
Personas que fueron juzgadas durante años y que, sin embargo, tenían un corazón extraordinario.
Y también personas que aparentaban ser maravillosas y terminaron haciendo daño.
Por eso, ni la apariencia garantiza bondad ni una apariencia diferente significa maldad.
El ser humano es mucho más complejo que la imagen que proyecta.
Antes de juzgar a alguien, recuerda que tú también eres mucho más que la imagen que los demás tienen de ti.
No necesitas conocer a todo el mundo para respetarlo
Quizá nunca llegues a conocer la historia de esa persona.
Quizá nunca seáis amigos.
Quizá incluso descubras que sois completamente diferentes.
No pasa nada.
Respetar no significa estar de acuerdo con todo el mundo.
Respetar significa reconocer que el otro también tiene derecho a existir, a pensar, a equivocarse y a construir su propia historia.
Podemos discrepar sin despreciar.
Podemos poner límites sin humillar.
Podemos alejarnos sin odiar.
Y podemos defender nuestras ideas sin convertir al que piensa diferente en nuestro enemigo.
Y recuerda algo más...
Un día alguien puede juzgarte injustamente.
Puede hacerlo por tu aspecto.
Por tu edad.
Por tu forma de hablar.
Por tu pasado.
Por lo que le han contado de ti.
Y quizá entonces comprendas perfectamente lo injusto que puede ser que alguien escriba nuestra historia sin habernos preguntado siquiera quiénes somos.
Por eso, antes de convertirte en juez, recuerda que no conoces todas las páginas del libro de la persona que tienes delante.
Quizá solo has leído una.
Y no se puede juzgar un libro entero leyendo una sola página.
No te conviertas en juez.
Observa.
Escucha.
Pregunta.
Conoce.
Comprende.
Y cuando no tengas suficiente información, aprende a decir:
"No lo sé."
A veces, esas tres palabras son una de las mayores muestras de sabiduría.
— Alberto Lajas
Cómo vencer al miedo

El miedo es una de las emociones más poderosas del ser humano. Gracias a él, nuestros antepasados sobrevivieron a innumerables peligros. Sin embargo, en la actualidad, la mayoría de nuestros miedos ya no provienen de un animal salvaje o de una amenaza física, sino de nuestros propios pensamientos.
Tenemos miedo al fracaso, al rechazo, a la enfermedad, a perder el trabajo, a quedarnos solos o a no ser suficientes. Y, sin darnos cuenta, terminamos viviendo dentro de una prisión construida por nuestra propia mente.
La buena noticia es que el miedo puede gestionarse. No se trata de eliminarlo, sino de aprender a caminar junto a él sin permitir que dirija nuestra vida.
El miedo siempre cuenta una historia
Desde la inteligencia emocional sabemos que las emociones no aparecen por casualidad. Son una respuesta a la interpretación que hacemos de los acontecimientos.
No sufrimos tanto por lo que sucede, sino por lo que imaginamos que puede suceder.
Una entrevista de trabajo no produce miedo por sí misma. Lo produce el pensamiento: "¿Y si fracaso?".
Una conversación difícil no da miedo. Lo que da miedo es imaginar: "¿Y si me rechazan?".
Cuando comprendemos esto, descubrimos que muchas veces el verdadero enemigo no es la realidad, sino nuestra interpretación de ella.
Pregúntate: ¿qué es lo peor que podría ocurrir?
Una herramienta muy utilizada en coaching consiste en desafiar nuestros pensamientos.
Hazte estas preguntas:
- ¿Qué pruebas tengo de que eso ocurrirá?
- ¿Estoy imaginando o estoy observando hechos?
- Si ocurriera, ¿sería realmente el fin del mundo?
- ¿Qué recursos tengo para afrontarlo?
La mayoría de las veces descubrirás que eres mucho más fuerte de lo que creías.
La zona de confort también da miedo
Muchas personas creen que desean cambiar su vida.
Pero cuando aparece la oportunidad... retroceden.
¿Por qué?
Porque el cerebro prefiere lo conocido antes que lo desconocido, aunque lo conocido nos haga infelices.
Por eso tantas personas permanecen durante años en relaciones tóxicas, trabajos que detestan o estilos de vida que las apagan.
No es comodidad.
Es miedo.
La acción es el mejor antídoto
El miedo se alimenta de la inacción.
Cuanto más pospones una decisión, más grande parece el problema.
En cambio, cuando das un pequeño paso, tu cerebro comienza a comprender que eres capaz.
No necesitas dar diez pasos hoy.
Solo uno.
Y mañana otro.
La confianza no aparece antes de actuar.
La confianza nace después de actuar.
Aprende a escuchar tus emociones
La inteligencia emocional nos enseña que todas las emociones tienen un mensaje.
El miedo puede estar diciéndote que te prepares mejor.
Que aprendas.
Que seas prudente.
Pero nunca debería convertirse en la excusa para dejar de vivir.
Escucha la emoción.
Agradécele su intención protectora.
Y después decide con la razón.
Cambia el diálogo interior
Las personas valientes no son aquellas que nunca sienten miedo.
Son aquellas que han aprendido a hablarse de otra manera.
En lugar de decir:
"No puedo."
Empiezan a decir:
"Voy a intentarlo."
En lugar de pensar:
"¿Y si sale mal?"
Se preguntan:
"¿Y si sale mejor de lo que imagino?"
Cada pensamiento abre una puerta diferente.
Reflexión final
Quizá el miedo nunca desaparezca del todo.
Pero sí puedes impedir que decida por ti.
Cada vez que eliges actuar a pesar del miedo, fortaleces tu autoestima, desarrollas resiliencia y recuperas el control de tu vida.
Recuerda siempre esta idea:
El miedo llama a tu puerta. La confianza abre. Y cuando abre... muchas veces descubre que no había nadie al otro lado.
Hoy puede ser un buen día para dar ese primer paso que llevas tanto tiempo posponiendo.
Porque la vida empieza justo donde termina el dominio del miedo.
Alberto Lajas, diplomado en coaching , graduado en naturopatía
www.albertolajasescritor.com
Si haces las mismas cosas, te seguirán ocurriendo las mismas cosas Consejos metafísicos para cambiar tu vida

Hay una frase que resume una de las grandes leyes de la vida: si haces las mismas cosas, te seguirán ocurriendo las mismas cosas. Muchas personas desean que su realidad cambie, pero continúan pensando igual, actuando igual y tomando las mismas decisiones de siempre. Después se preguntan por qué nada mejora.
Desde la metafísica entendemos que el universo responde a la vibración que emitimos. Nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones crean un campo energético que atrae experiencias semejantes. No basta con desear un cambio; hay que convertirse en una persona diferente para obtener resultados diferentes.
El primer paso consiste en observar tu vida con absoluta sinceridad. Pregúntate: ¿qué hábitos me mantienen estancado? ¿Qué miedos me impiden avanzar? ¿Qué personas absorben mi energía? Muchas veces el mayor enemigo no está fuera, sino dentro de nosotros.
Otro aspecto fundamental es cambiar el diálogo interior. Si cada mañana te repites que no puedes, que no eres suficiente o que todo te sale mal, tu mente aceptará esas afirmaciones como una orden. En cambio, cuando empiezas a hablarte con confianza, respeto y esperanza, comienzas a sembrar una nueva realidad.
También debes aprender a soltar el pasado. No puedes construir un futuro diferente mientras sigues abrazando las heridas de ayer. Perdonar no significa justificar lo ocurrido, sino dejar de cargar un peso que solo te impide avanzar.
La gratitud es otra llave poderosa. Agradecer lo que ya tienes no significa conformarte, sino reconocer las bendiciones presentes para abrir la puerta a otras nuevas. La abundancia siempre encuentra más fácilmente a quien sabe valorar lo que posee.
No olvides la importancia de actuar. La fe sin acción se convierte en un simple deseo. Si quieres un trabajo mejor, prepárate. Si deseas relaciones sanas, conviértete en una persona emocionalmente sana. Si buscas prosperidad, desarrolla hábitos de disciplina y constancia. El universo abre puertas, pero eres tú quien debe decidir cruzarlas.
Rodéate de personas que inspiren crecimiento. Las compañías influyen profundamente en nuestra energía y en nuestra manera de pensar. Quien convive constantemente con el pesimismo termina viendo el mundo con los mismos ojos.
Recuerda que cada día representa una nueva oportunidad para escribir una historia diferente. No importa cuántas veces hayas caído; importa cuántas veces decides levantarte con una nueva actitud. El destino no está escrito en piedra. Se escribe con cada decisión que tomas.
Hoy te invito a hacer algo distinto. Lee un libro que pueda transformar tu mente. Aprende una habilidad nueva. Habla con alguien que admire tu crecimiento. Perdona. Sonríe más. Agradece más. Atrévete a salir de la rutina que te mantiene atrapado.
Porque la vida cambia cuando tú cambias.
Y recuerda siempre esta verdad:
Si haces las mismas cosas, te seguirán ocurriendo las mismas cosas. Pero cuando cambias tu manera de pensar, de sentir y de actuar, el universo comienza a responder de una forma completamente diferente.
Alberto Lajas
Escritor, terapeuta y divulgador de crecimiento personal y metafísica.
www.albertolajasescritor.com
Este libro fue un antes y un después" Testimonio de Sofía, Madrid

"Llevo más de doce años dedicándome a las terapias naturales. Soy masajista, osteópata, terapeuta floral y maestra de Reiki. Como muchos compañeros, tenía formación, experiencia y muchísimas ganas de ayudar a las personas... pero mi consulta no terminaba de despegar."
"Había meses buenos y meses muy malos. No sabía cómo atraer clientes, cómo dar más valor a mis sesiones ni cómo organizar mi consulta de una forma realmente profesional. Sentía que hacía un gran trabajo, pero el boca a boca no era suficiente."
"Todo cambió cuando cayó en mis manos el Manual del Terapeuta Holístico, de Alberto Lajas."
"No es el típico libro que habla solo de energía o de teorías. Es un manual práctico, escrito por alguien que ha estado durante más de 25 años trabajando con miles de personas y formando a cientos de terapeutas. Se nota en cada página."
"Aprendí a mejorar el ambiente de mi consulta, a realizar limpiezas y protecciones energéticas para no terminar agotada después de cada sesión, a utilizar nuevas herramientas de diagnóstico y apoyo terapéutico y, algo que nadie me había enseñado nunca, a comunicar mejor mi trabajo y atraer clientes sin sentir que estaba vendiendo."
"Los casos reales, los ejercicios prácticos y los consejos sobre redes sociales y marca personal me abrieron los ojos. En pocas semanas empecé a notar cambios. Mis clientes comenzaron a recomendarme mucho más y mis sesiones empezaron a llenarse con mayor frecuencia."
"Pero, sobre todo, recuperé la ilusión. Dejé de sentir que estaba improvisando y empecé a verme como una auténtica profesional de las terapias holísticas."
"Hoy recomiendo este libro a cualquier terapeuta que esté empezando, pero también a quienes llevan años trabajando y sienten que su consulta está estancada o que no consiguen vivir de su vocación. Estoy convencida de que puede ahorrar años de errores y acelerar muchísimo el camino."
"Gracias, Alberto Lajas, por compartir tanta experiencia de una forma tan cercana y generosa. Para mí, este libro fue, sin duda, un antes y un después."
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