No te conviertas en juez
Hay algo que hacemos con demasiada facilidad: juzgar a los demás sin conocer su historia.
A veces basta una mirada, una forma de vestir, un determinado color de piel, una manera de hablar, una religión, una profesión o incluso un comentario que alguien nos ha hecho sobre esa persona para que construyamos en nuestra mente una sentencia.
Y lo más curioso es que, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de que lo estamos haciendo.
Juzgamos por la apariencia.
Juzgamos por la raza o el color de la piel.
Juzgamos por el lugar de nacimiento.
Juzgamos por cómo viste alguien.
Juzgamos por su situación económica.
Juzgamos por su pasado.
Juzgamos por lo que "nos han contado".
Y después actuamos como si nuestra conclusión fuera una verdad absoluta.
Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de juzgar a alguien:
¿Cuánto conozco realmente de esa persona?
Probablemente mucho menos de lo que creemos.
Solo vemos una pequeña parte de la historia
Cuando observamos a una persona, vemos únicamente una pequeña parte de su realidad.
Podemos ver su rostro, su ropa, su comportamiento en un momento determinado o escuchar una versión de lo ocurrido.
Pero no vemos sus heridas.
No vemos sus miedos.
No conocemos sus circunstancias.
No sabemos qué ha vivido.
No sabemos qué pérdidas ha sufrido.
No sabemos las batallas que está librando en silencio.
Y tampoco sabemos qué decisiones habría tomado nosotros mismos si hubiéramos vivido exactamente su vida.
Por eso es tan peligroso convertir una primera impresión en una sentencia.
Una persona puede estar atravesando un mal momento y nosotros interpretar que "es una mala persona".
Alguien puede mostrarse distante y pensar que "es antipático".
Podemos ver a alguien vestido de una determinada manera y atribuirle una personalidad.
Podemos escuchar que alguien hizo algo y dar por cierto todo lo que nos han contado.
Pero una versión no siempre es la verdad completa.
Cuidado con el "me han dicho que..."
Una de las formas más peligrosas de juzgar es hacerlo basándonos en información que hemos recibido de terceras personas.
"Me han dicho que es así."
"Ten cuidado con él."
"Ya verás cómo es."
"Yo que tú no me fiaría."
Y sin darnos cuenta, comenzamos a mirar a esa persona a través de los ojos de alguien que ni siquiera sabemos si nos ha contado toda la verdad.
A veces la información es cierta.
A veces es parcialmente cierta.
A veces está exagerada.
Y otras veces puede estar completamente equivocada.
Por eso, antes de condenar a alguien por lo que nos han contado, deberíamos preguntarnos:
¿He hablado con esa persona? ¿He vivido yo esa experiencia? ¿Tengo todos los datos?
Si la respuesta es no, quizá lo más prudente sea reservarnos el juicio.
No confundas prudencia con prejuicio
Esto también es importante.
No juzgar a una persona no significa ser ingenuo.
Podemos ser prudentes.
Podemos poner límites.
Podemos alejarnos de alguien que nos hace daño.
Podemos observar comportamientos y tomar decisiones.
La diferencia está en que una cosa es decir:
"He observado determinadas conductas y no quiero tener esa relación."
Y otra muy diferente:
"Esa persona es mala porque tiene determinada apariencia, pertenece a determinado grupo o porque alguien me ha dicho que lo es."
La primera nace de la experiencia.
La segunda puede nacer del prejuicio.
La apariencia puede engañarnos
Todos conocemos ejemplos de personas que parecían una cosa y terminaron demostrando ser otra.
También nosotros mismos hemos sido alguna vez víctimas de una primera impresión equivocada.
Quizá alguien nos consideró arrogantes cuando simplemente estábamos nerviosos.
Quizá alguien pensó que éramos antipáticos cuando estábamos pasando por un mal día.
Quizá alguien nos juzgó sin saber absolutamente nada de lo que estábamos viviendo.
Y seguramente nos dolió.
Entonces recordemos algo muy sencillo:
Lo que sentimos cuando otros nos juzgan injustamente también puede sentirlo la persona que tenemos delante.
Cinco preguntas antes de juzgar
La próxima vez que sientas que estás formando una opinión negativa sobre alguien, detente unos segundos y pregúntate:
1. ¿Lo sé o lo estoy suponiendo?
No confundas un hecho con una interpretación.
2. ¿Lo he comprobado personalmente?
Si solo procede de rumores, quizá deberías esperar antes de sacar conclusiones.
3. ¿Estoy juzgando a esta persona por lo que hace o por lo que es?
Una conducta concreta no define necesariamente toda una vida.
4. ¿Estoy utilizando un prejuicio?
Pregúntate si tu opinión cambiaría si esa persona tuviera otro color de piel, otra nacionalidad, otra forma de vestir o una posición económica diferente.
5. ¿Me gustaría que me juzgaran a mí de la misma manera?
Esta última pregunta puede cambiar muchas cosas.
Aprende a sustituir el juicio por la curiosidad
En lugar de pensar:
"¿Cómo puede ser esta persona así?"
Podemos preguntarnos:
"¿Qué habrá detrás de su comportamiento?"
En lugar de:
"Es un antipático."
Podemos pensar:
"Quizá está atravesando algo que desconozco."
En lugar de:
"No me gusta cómo viste."
Podemos pensar:
"Su forma de vestir no tiene por qué decirme quién es."
No se trata de justificar cualquier comportamiento.
Se trata de no convertir nuestras primeras impresiones en verdades definitivas.
La curiosidad abre puertas que el juicio cierra.
Todos tenemos una historia que los demás no conocen
Hay personas que han cometido errores y han cambiado.
Personas que tuvieron un pasado difícil y construyeron una vida diferente.
Personas que fueron juzgadas durante años y que, sin embargo, tenían un corazón extraordinario.
Y también personas que aparentaban ser maravillosas y terminaron haciendo daño.
Por eso, ni la apariencia garantiza bondad ni una apariencia diferente significa maldad.
El ser humano es mucho más complejo que la imagen que proyecta.
Antes de juzgar a alguien, recuerda que tú también eres mucho más que la imagen que los demás tienen de ti.
No necesitas conocer a todo el mundo para respetarlo
Quizá nunca llegues a conocer la historia de esa persona.
Quizá nunca seáis amigos.
Quizá incluso descubras que sois completamente diferentes.
No pasa nada.
Respetar no significa estar de acuerdo con todo el mundo.
Respetar significa reconocer que el otro también tiene derecho a existir, a pensar, a equivocarse y a construir su propia historia.
Podemos discrepar sin despreciar.
Podemos poner límites sin humillar.
Podemos alejarnos sin odiar.
Y podemos defender nuestras ideas sin convertir al que piensa diferente en nuestro enemigo.
Y recuerda algo más...
Un día alguien puede juzgarte injustamente.
Puede hacerlo por tu aspecto.
Por tu edad.
Por tu forma de hablar.
Por tu pasado.
Por lo que le han contado de ti.
Y quizá entonces comprendas perfectamente lo injusto que puede ser que alguien escriba nuestra historia sin habernos preguntado siquiera quiénes somos.
Por eso, antes de convertirte en juez, recuerda que no conoces todas las páginas del libro de la persona que tienes delante.
Quizá solo has leído una.
Y no se puede juzgar un libro entero leyendo una sola página.
No te conviertas en juez.
Observa.
Escucha.
Pregunta.
Conoce.
Comprende.
Y cuando no tengas suficiente información, aprende a decir:
"No lo sé."
A veces, esas tres palabras son una de las mayores muestras de sabiduría.
— Alberto Lajas
Es muy cierto lo que dices en cada linea,
Y aunque me cueste admitirlo, todos en algún momento lo hacemos, tal vez no el mismo grado, pues unos somos más conscientes que otros de que no debemos caer en eso bajo ningún concepto, y otros lo hacen sin ponerse en el lugar del otro, sin ningún tipo de miramiento, sin importarle nada más que lo que ven en la superficie. Así que... No vayamos más allá, no juguemos sin saber por completo y de primera mano la situación personal de los demás, y mucho menos escuchar comentário de otros respecto a terceras personas, porque el respeto y la empatia son valores que se han ido perdiendo rápidamente, y cada vez hay más des humanización. Vibremos en tra frecuencia que nos haga ser más empáticos, amables y cordiales en lugar de estar haciendo todo lo contrario. Pensemos dos veces cuando vayamos a criticar, y pensemos que podríamos estar en su lugar, y seguro que no seguimos adelante con una actitud tan poco constructiva. Y estoy segura de que si nos amasemos más a nosotros mismos y fuésemos más conscientes de que cada uno tiene un proceso y tiempo para desarrollarlo, dejaríamos de estar tan pendientes de la vida ajena, y estaríamos más atentos en ponernos al servicio de aquellos que no tienen ni los mismos recursos ni habilidades para salir adelante.
Ahí lo dejo.