“Mi despertar espiritual”
Con apenas siete años tuve mi primer contacto consciente con un espíritu. Ocurrió un mes de noviembre, mientras mi madre se encontraba en el cementerio de Gallarta limpiando y pintando la tumba de mi padre, Francisco, quien había fallecido hacía tres años en un trágico accidente en las minas del pueblo.
Mientras ella trabajaba, yo, como cualquier niño curioso, correteaba entre las lápidas. De repente, entre las tumbas, apareció una niña rubia, de ojos azules, más o menos de mi edad, y comenzó a jugar conmigo. Yo la vi como una niña normal, de carne y hueso, sin sospechar en ningún momento que estaba jugando con alguien que ya no pertenecía a este mundo físico.
Los días pasaron, y el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos en España, volví al cementerio con mi madre. Al pasar junto a una pequeña tumba, vi la fotografía de la niña con la que había jugado hacía pocos días. Con la naturalidad de un niño, dije en voz alta que había estado jugando con ella hace poco. Fue entonces cuando su madre me escuchó y me respondió con incredulidad: su hija había muerto atropellada por un camión hacía tres años.
Ese instante marcó mi vida para siempre. Por primera vez comprendí que existe un mundo más allá de lo que vemos, que nuestra percepción cotidiana es limitada y que la vida no termina con la muerte física. Desde aquel día, algo en mí despertó: un sentido de conexión con lo invisible, con lo espiritual, y la certeza de que nuestro espíritu puede interactuar con otros planos de existencia.