¿POR QUÉ CADA VEZ HAY MÁS CORRUPCIÓN POLÍTICA?

Hace unos días recibí un mensaje de Iker, un seguidor mío de Bilbao. Iker me escribía preocupado por la situación política que estamos viviendo y, especialmente, por la sensación de que cada vez conocemos más casos de corrupción, abusos de poder, intereses ocultos, enfrentamientos y decisiones políticas que parecen estar muy alejadas de las necesidades reales de los ciudadanos. Me decía algo que, en realidad, muchas personas se preguntan: «Alberto, ¿desde la metafísica existe alguna explicación para todo esto? ¿Por qué parece que cuanto más avanzamos como sociedad, más corrupción descubrimos? ¿Y existe alguna solución?»
La pregunta me pareció extraordinariamente interesante. Porque podemos analizar la corrupción desde la política, desde el derecho, desde la economía o desde la sociología. Pero también podemos observarla desde otro lugar: desde la conciencia humana. Y ahí la respuesta puede resultar bastante más incómoda.
EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE LA POLÍTICA
Cuando hablamos de corrupción solemos cometer un error: pensamos que la corrupción pertenece exclusivamente a los políticos. Pero la corrupción no nació en los parlamentos. Existía mucho antes. La corrupción aparece cuando una persona coloca su interés personal por encima del bien común y, además, utiliza una posición de poder para conseguir aquello que desea. Y esto puede suceder en la política, en una empresa, en una administración, en una familia e incluso en nuestra propia vida.
Por eso, desde una perspectiva metafísica, podríamos decir que la corrupción exterior es, en muchas ocasiones, un reflejo de una corrupción interior. Cuando el poder deja de entenderse como una responsabilidad y comienza a entenderse como un privilegio, algo empieza a romperse.
El político deja de preguntarse: «¿qué puedo hacer por los demás?», y comienza a preguntarse: «¿qué puedo conseguir para mí?» Y esa pequeña modificación interior puede terminar teniendo consecuencias enormes cuando la persona dispone de poder sobre millones de seres humanos.
EL PODER NO CORROMPE A TODO EL MUNDO
Existe una frase muy conocida: «El poder corrompe.» Pero yo añadiría algo. El poder no necesariamente corrompe. El poder revela. Una persona que ya posee una fuerte conciencia ética puede recibir poder y utilizarlo para servir. Otra persona puede recibir exactamente el mismo poder y utilizarlo para enriquecerse, controlar, manipular o proteger sus propios intereses. Por eso el problema no es únicamente cuánto poder tiene una persona.
La verdadera pregunta es: ¿qué hay dentro de esa persona cuando recibe el poder? Porque el poder amplifica. Amplifica la personalidad. Amplifica las virtudes. Pero también amplifica las sombras. Y aquí entramos directamente en un concepto profundamente relacionado con la metafísica: la sombra humana.
LA SOMBRA
Todos tenemos una parte luminosa y otra que preferimos no mirar. Tenemos generosidad, pero también egoísmo. Amor, pero también miedo. Compasión, pero también deseo de controlar. Humildad, pero también vanidad. La espiritualidad seria no consiste en negar nuestra sombra. Consiste en reconocerla.
El problema aparece cuando una persona alcanza una posición de enorme poder y, en lugar de enfrentarse a sus propias sombras, dispone de los mecanismos necesarios para esconderlas. Entonces puede aparecer algo muy peligroso: la justificación. «Lo hago por el partido.» «Lo hago por el país.» «Lo hago porque los demás también lo hacen.» «Lo hago porque es necesario.» «Lo hago por una causa superior.»
Y así, poco a poco, la conciencia encuentra argumentos para justificar aquello que, en otro momento, habría considerado incorrecto.
¿POR QUÉ PARECE QUE HAY CADA VEZ MÁS CORRUPCIÓN?
Aquí debemos hacer una distinción importante. No necesariamente significa que hoy exista más corrupción que en toda la historia. Lo que sí ha cambiado radicalmente es nuestra capacidad para detectarla, investigarla y difundirla. Hoy tenemos periodistas de investigación, redes sociales, filtraciones, bases de datos, cámaras, teléfonos móviles y una ciudadanía mucho más pendiente de lo que hacen sus gobernantes.
Lo que antes podía permanecer oculto durante años hoy puede convertirse en noticia en cuestión de horas. Pero existe también otra cuestión. Vivimos en una sociedad en la que el poder económico, político y mediático está enormemente concentrado. Y cuanto mayor es la concentración de poder, mayor debería ser el nivel de control. Porque hay una ley sencilla: a mayor poder, mayor debe ser la responsabilidad. Cuando el poder aumenta y los mecanismos de control disminuyen, aparece un terreno extraordinariamente fértil para los abusos.
LA METAFÍSICA HABLA DEL PRINCIPIO DE CAUSA Y EFECTO
Muchas tradiciones espirituales han hablado, con diferentes nombres, de una idea semejante: toda acción genera una consecuencia. En algunas escuelas se habla de karma. En otras, de ley de causa y efecto. En la tradición hermética encontramos principios relacionados con esta idea. No necesitamos interpretar esto necesariamente como un castigo divino. Yo prefiero entenderlo de una manera mucho más sencilla. Cada decisión modifica la realidad. Una mentira genera otra mentira para ocultar la primera. Un abuso de poder obliga a crear mecanismos para proteger ese abuso. Una injusticia genera desconfianza. La desconfianza genera miedo. Y el miedo puede generar todavía más control. Es una cadena.
Por eso la corrupción nunca afecta únicamente a quien la practica. Contamina el entorno. Cuando un ciudadano observa que una persona poderosa aparentemente puede hacer algo que él jamás podría hacer sin consecuencias, aparece una sensación tremendamente peligrosa: «las reglas no son iguales para todos.»
Y cuando una sociedad pierde la confianza en sus reglas, comienza a perder también la confianza en sus instituciones.
¿Y QUÉ PODEMOS HACER?
Iker me preguntaba si existe una solución desde la metafísica. Mi respuesta es sí. Pero probablemente no sea la solución que mucha gente espera. No creo que exista un ritual capaz de eliminar la corrupción del planeta. Ni una vela. Ni un talismán. Ni una invocación. Porque si el problema está relacionado con la conciencia humana, la solución también tiene que comenzar ahí. La transformación exterior comienza por una transformación interior. Y eso no significa permanecer pasivos mientras otros cometen injusticias. Todo lo contrario. Significa desarrollar una conciencia suficientemente despierta como para no aceptar la corrupción como algo normal. Significa exigir transparencia. Exigir responsabilidades. Preguntar. Investigar Votar con conocimiento. Denunciar cuando sea necesario. No justificar a los nuestros cuando hacen exactamente aquello que criticamos en los demás. Y, sobre todo, dejar de convertir la política en una cuestión de fe.
EL MAYOR PELIGRO NO ES LA CORRUPCIÓN
Para mí existe algo todavía más peligroso que la corrupción. Que terminemos acostumbrándonos a ella. Cuando una sociedad escucha continuamente hablar de escándalos, comisiones, enchufismo, privilegios, abusos y conflictos de intereses, puede llegar un momento en que simplemente diga: «todos son iguales.» Y esa frase es tremendamente peligrosa. Porque cuando creemos que todos son iguales, dejamos de exigir. Y cuando dejamos de exigir, quienes abusan del poder encuentran un terreno mucho más cómodo.
Por eso debemos recuperar algo que parece antiguo pero que, en realidad, es revolucionario: la ética. No la ética de un partido. No la ética de una ideología. No la ética de «los míos». La ética universal. Aquella que nos permite decir: «si está mal cuando lo hace mi adversario, también está mal cuando lo hace alguien a quien yo apoyo.» Ese podría ser uno de los primeros síntomas de una sociedad verdaderamente consciente.
QUIZÁ EL CAMBIO QUE BUSCAMOS NO VENGA DE ARRIBA
Durante siglos hemos esperado que aparezca alguien que solucione nuestros problemas. Un líder..Un presidente. Un rey..Un mesías. Un maestro. Un salvador. Pero quizá hemos cometido un error.
Quizá estamos esperando demasiado de quienes gobiernan y demasiado poco de nosotros mismos. Una sociedad formada por personas conscientes difícilmente aceptará durante mucho tiempo estructuras profundamente corruptas.
Porque la conciencia colectiva también tiene poder. Cuando millones de personas dejan de tolerar determinadas conductas, las estructuras terminan cambiando. Por eso, desde mi visión personal, la verdadera revolución no comienza en un parlamento. Comienza en la conciencia.
UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN PARA IKER
Iker, quizá la pregunta que me hiciste tenga una respuesta mucho más sencilla de lo que parece: ¿por qué existe corrupción? Te respondo: porque todavía existen seres humanos que ponen el ego por encima de la conciencia. ¿Por qué debemos combatirla?: porque el poder sin ética puede convertirse en una forma de dominación. ¿Podemos cambiarlo?: si. Pero no esperando que otros cambien primero. Cada uno de nosotros puede empezar por algo aparentemente pequeño: no mentir cuando mentir nos beneficia. No utilizar a los demás cuando tenemos ventaja. No justificar una injusticia porque la comete alguien que nos gusta. No vender nuestros principios por dinero, poder o reconocimiento. Y aprender a recordar algo que, desde la metafísica, considero fundamental: la verdadera evolución del ser humano no consiste en conseguir más poder. Consiste en adquirir la conciencia necesaria para saber qué hacer con él cuando lo tenemos.
Quizá esa sea la verdadera batalla que estamos librando. No solamente una batalla política. No solamente una batalla económica. Sino una batalla entre nuestra parte más consciente y nuestra propia sombra. Y esa batalla, queramos o no, comienza dentro de cada uno de nosotros.
Alberto Lajas
www.albertolajasescritor.com