¿Qué le diría Jesús al Papa si regresara hoy?

No pretendo juzgar a nadie. Tampoco escribir estas líneas desde la superioridad moral. Si algo nos enseñó Jesús fue precisamente la humildad.
Sin embargo, hay una pregunta que desde hace años ronda mi mente:
¿Qué ocurriría si Jesús regresara hoy y caminara por las calles de Roma hasta llegar al Vaticano?
No hablo del Cristo glorificado de los cuadros. Hablo del hombre que nació en un establo, que no poseía riquezas, que dormía donde podía y que recorría caminos polvorientos acompañado de pescadores, enfermos, viudas y marginados.
¿Qué sentiría al contemplar los palacios, los protocolos, las vestiduras ceremoniales, las estructuras de poder y la inmensa riqueza acumulada durante siglos en nombre de su mensaje?
Quizá lo primero que haría sería guardar silencio.
Un silencio incómodo.
Un silencio que obligaría a todos a mirar hacia dentro.
Porque Jesús nunca pareció interesado en construir una institución poderosa. Su preocupación eran las personas.
No habló de acumular tesoros.
No habló de jerarquías.
No habló de privilegios.
Habló de amar.
Habló de servir.
Habló de perdonar.
Habló de compartir el pan con quien tenía hambre.
Mientras el mundo actual vive rodeado de desigualdades, millones de personas sobreviven con lo justo y muchas familias no llegan a fin de mes. En ese contexto resulta inevitable preguntarse si una Iglesia que posee inmensos recursos materiales refleja realmente el ideal de sencillez que Jesús defendió.
Quizá Jesús no preguntaría cuántas catedrales se han construido.
Quizá preguntaría:
—¿Cuántos pobres han sido ayudados?
—¿Cuántos enfermos han sido acompañados?
—¿Cuántos corazones rotos han encontrado consuelo?
Porque en los Evangelios la verdadera espiritualidad nunca aparece ligada al lujo, sino al servicio.
También es posible que Jesús hablara de la verdad.
A lo largo de la historia, la Iglesia ha realizado grandes obras de caridad y ha inspirado a millones de personas. Pero también ha cometido errores, algunos muy graves.
Escándalos.
Abusos.
Ocultamientos.
Luchas de poder.
Conductas incompatibles con el mensaje que afirma representar.
¿Qué diría Jesús sobre todo ello?
Quizá no pronunciaría un discurso complejo.
Tal vez repetiría algo que ya dijo hace dos mil años:
"Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres."
Porque ninguna institución puede purificarse ocultando sus errores.
La verdad duele.
Pero libera.
Y después de hablar de la verdad, probablemente hablaría de coherencia.
Jesús fue radical en un aspecto: exigía que las acciones coincidieran con las palabras.
Criticó a quienes predicaban una cosa y hacían otra.
Criticó a quienes imponían cargas a los demás mientras ellos vivían cómodamente.
Criticó a quienes utilizaban la religión para obtener prestigio o autoridad.
Por eso quizá la pregunta no sea qué le diría Jesús al Papa.
Quizá la verdadera pregunta sea:
¿Qué nos diría a todos nosotros?
Porque es fácil señalar al Vaticano.
Es fácil señalar a los obispos.
Es fácil señalar a los sacerdotes.
Lo difícil es mirarnos al espejo.
¿Vivimos nosotros conforme a los valores que defendemos?
¿Somos sinceros?
¿Ayudamos a quien sufre?
¿Tratamos a los demás con compasión?
¿Vivimos desde el amor o desde el ego?
Tal vez Jesús no vendría a condenar.
Tal vez vendría a recordar.
A recordar que la espiritualidad no consiste en edificios, símbolos o cargos.
Consiste en la transformación interior.
Consiste en amar al prójimo.
Consiste en vivir con humildad.
Y quizá, después de contemplar todo lo que hemos construido en su nombre, se sentaría frente al Papa, lo miraría a los ojos y le diría algo tan simple como poderoso:
"No olvides nunca a quién vine a servir."
Y después nos miraría a todos y añadiría:
"Y vosotros tampoco."
Alberto Lajaswww.albertolajasescritor.com