MI MADRE Y MIS ORÍGENES

Hoy he sentido la necesidad de detenerme, mirar hacia atrás y hablar de una de las personas más importantes de mi vida: Carmen Antúnez Robledo, mi madre.
Siempre se ha dicho que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, refiriéndose a las esposas. Yo hoy quiero ir un poco más allá y añadir algo que, para mí, es aún más profundo: detrás de cualquier persona que llega a ser algo en la vida, casi siempre hay una madre que lo sostuvo todo en silencio.
Mi madre era analfabeta. Creció en un entorno rural donde ir al colegio no era una opción para todos; era un privilegio reservado a unos pocos. Mientras otros aprendían a leer y escribir, ella, con apenas siete años, ya trabajaba. Cuidaba cabras, ovejas, vacas… lo que hiciera falta. La vida no le dio tiempo para la infancia, pero sí le dio una fortaleza que marcaría todo lo que vino después.
Mi recuerdo de ella es el de una mujer luchadora, incansable. La vida no fue fácil: se quedó viuda demasiado pronto y, lejos de rendirse, sacó adelante a sus cinco hijos con un coraje y una dignidad que hoy, al mirarlo con perspectiva, solo puedo admirar profundamente. Yo soy el pequeño, y quizás por eso también he sido uno de los que más ha reflexionado con el tiempo sobre todo lo que hizo por nosotros.
Como decía, mi madre no sabía leer ni tenía cultura en el sentido académico. Pero tenía algo mucho más valioso: una inteligencia natural y una claridad de valores que no se enseñan en ningún libro. Siempre me empujó a estudiar, a aprovechar oportunidades que ella nunca tuvo. Lo hacía sin discursos grandilocuentes, con frases sencillas, con insistencia, con ejemplo.
Recuerdo perfectamente aquellos años setenta, cuando en casa no sobraba nada. Aun así, hizo un esfuerzo enorme y nos compró varias enciclopedias. Para muchos, podrían ser solo libros; para mí, fueron una ventana al mundo. Las devoré página a página, y gracias a ellas empecé a descubrir realidades, conocimientos y caminos que, en aquel momento, parecían lejanos e inalcanzables. Hoy, con internet y un clic, todo está al alcance, pero en aquel entonces, esas enciclopedias fueron mi primer gran viaje.
Mi madre se fue hace unos años, cansada de vivir. Y aunque nunca tuvo grandes recursos económicos, me dejó la mayor herencia que un hijo puede recibir: la humildad. Una humildad real, sin artificios, que te mantiene con los pies en la tierra incluso cuando la vida te empuja hacia arriba.
Si hoy soy quien soy, en gran parte es por ella. Por su sacrificio, por su ejemplo y por esa forma silenciosa de amar que no necesitaba palabras.
Este artículo no es solo un recuerdo. Es un agradecimiento. Porque hay historias que no deben olvidarse, y hay personas que merecen ser nombradas, recordadas y honradas.
Y la mía, sin duda, es una de ellas.
Alberto Lajaswww.albertolajasescritor.com
Maestro un abrazo afectuoso