Hoy recuerdo a mi madre con el corazón en paz
enero 27, 2026, 07:41,
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Hoy observo con tristeza cómo cada vez es más frecuente que hijos y nietos rompan los lazos con sus padres y abuelos, como si cortar la raíz no tuviera consecuencias en el árbol.
Hoy, casi sin buscarlo, encontré esta foto de mi madre, Carmen Antúnez Robledo, en sus últimos años de vida. Falleció hace más de cinco años, con 89 años, y al verla sentí una profunda melancolía. Vinieron a mí miles de recuerdos… pero, curiosamente, el dolor se hizo pequeño y la comprensión se hizo grande. Los golpes del pasado desaparecieron y quedó lo esencial: su historia, su lucha y su grandeza silenciosa.
Mi madre nunca fue a la escuela. Desde niña la obligaron a cuidar vacas y cabras, a trabajar en el campo de sol a sol, en los durísimos años de la posguerra española, tiempos de hambre, miedo y miseria. No conoció la infancia, conoció la supervivencia.
Con solo 18 años se casó con mi padre, Francisco Lajas Martín, que dejó sus tierras de Valverde del Fresno (Cáceres) para emigrar al norte, a Bilbao, a las minas de hierro de Altos Hornos de Vizcaya buscando un futuro mejor. Allí perdió la vida cuando yo era apenas un niño pequeño. Y en ese momento, mi madre se quedó sola con cinco hijos: Emilia, Paco, Román, Luis y yo, el pequeño.
Sin estudios, sin ayudas, sin descanso… hizo malabares vendiendo verduras en el mercado, contando cada céntimo, para que no nos faltara un plato de comida. Fue madre y padre a la vez. Fue fuerza cuando no quedaba fuerza.
Es verdad que tenía defectos. No sabía expresar afecto, porque nadie le enseñó. La ternura no formó parte de su aprendizaje. La vida la hizo dura para que pudiéramos sobrevivir. Pero hoy elijo quedarme con sus virtudes, porque gracias a ellas yo estoy aquí.
De ella heredé la resistencia, la capacidad de levantarme, la lucha cuando todo parece perdido. Fue una mujer sin estudios, sí, pero con la sabiduría de la “universidad de la vida”: sus refranes, su fe en Dios, su manera de no rendirse jamás. Esa fe —decía— fue la que la sostuvo cuando ya no podía más.
Hoy no escribo desde el rencor. Escribo desde la paz que da comprender que cada uno dio lo que pudo con las herramientas que tuvo.
Mamá, hoy te honro. Honro tu esfuerzo, tus renuncias, tus silencios, tus noches sin dormir, tu lucha para que saliéramos adelante.
Descansa en paz. Tu historia vive en nosotros.
Y cuando honramos a quienes vinieron antes, el corazón se ordena… y el amor encuentra caminos que parecían cerrados.
Con cariño, tu hijo, Alberto Lajas.